lunes, 3 de marzo de 2008

Fotógrafa: Alejandra Carbajal


Como la mayoría de los que nos encontramos en esta evolución de la vida, yo pase por la bizarra etapa de la pubertad con un dos en la frente: por un lado, la muñeca; por el otro, la cámara. La cámara me incitaba a buscar escenas de amigos con braquets; logré un registro fotográfico de mis transformaciones en búsqueda de la identidad; mi color de cabello cambió tanto como los rollos de cámara y de pronto me vi en la necesidad de buscar una formación técnica, la cual me trajo una época de oscurantismo. ¡Quién creería que hay que mover tantas cosas para hacer un clic y que hay tantos químicos y procesos para que se vea una imagen! Bueno, yo no lo sabía.

El momento no era el adecuado para estar en la escuela: pronto y sin buscarlo tuve la oportunidad perfecta para viajar a la parte subterránea de Nueva York. La experiencia fue perfecta: tuve una perspectiva diferente sobre todo, la soledad y mi búsqueda de independencia ayudaron a mis ganas de continuar con lo que ya había empezado. A mi regreso a México retomé la escuela: la técnica ya no me abrumaba y busqué temas de mi interés. El entorno en el que vivo fue lo primero que exploré, desde adentro hasta afuera: resultados diversos, reflexiones cambiantes, experiencias inimaginables, eso me ha dado mi profesión. El clic me ha mantenido en constante movimiento, a pesar de lo que intenta hacer la fotografía: cazo imágenes y a la vez me cazan los contextos.

Hace poco un amigo me preguntaba: “¿Dónde están tus fotos?”. “Pues en un archivo digital, en una caja, protegidos de los daños que el entorno pueda causarles”, le respondí. Él me contestó: “La foto está muerta mientras no sea vista”. Vaya que sí. Ahora el intento es que esto que logro registrar tenga un contacto con la gente: hago libretas con imágenes de viajes internos y externos, busco espacios para exponer, concursos… La foto esta ahí, libre, dispuesta a ser interpretada como la experiencia de cada quien lo permita.

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